Paseo nocturno
Desesperación, miedo, ¿Odio? ¿Qué está pasando realmente?
La noche está tibia, el calor del verano y el efecto invernadero provocado por los gases emitidos y acumulados en la ciudad no nos dejan dormir a muchos. Me levanto y tomo mis documentos por si me intercepta la policía a lo largo de mi paseo nocturno. Cierro las puertas y me aventuro hacia un peligro inminente. Veo la miseria delante de mi, personas sin hogar, enfermos en los hospitales agonizando, esperando de hace más de 12 horas una inyección para bajar la fiebre y calmar el dolor, animales domésticos abandonados a su suerte. Trato de caminar sin llamar la atención, le doy el pan de mi bolsillo a un perrito y sigo mi camino. El pastero de turno trata de intimidarme y no le doy la oportunidad, no dejo de mirarlo de reojo hasta que desaparece de mi camino. Sigo caminando hasta un basural, las calles están rotas y las casas tienen rejas de madera, las gárgolas comienzan a acercarse de manera hostil, camino más rápido pero no dejo que crean que tengo miedo. Unas cuantas cuadras más allá ya no me siguen, siento la adrenalina en todo mi cuerpo y lo único que puedo oír son los latidos de mi corazón listo para bombear desesperadamente hasta la última gota de sangre con tal de sobrevivir a la situación. Miro alrededor y veo una plaza, está vacía, los árboles parecen mirarme, no hay viento, solo silencio y una luz que ilumina el centro del lugar. Me acerco y me siento en una de las bancas que se encontraban en la penumbra, veo unas casas de dos pisos con luces encendidas y escucho los gritos de las discusiones familiares.
Son las 2 AM, las luces se apagan pero algunas solo parcialmente, la luz azul de los celulares se mantiene presente y la hora feliz de todos los adolescentes hace su llegada. Algunos lloran toda la noche, otros simplemente se masturban para sentir algo de placer y olvidarse de toda la mierda que les rodea. Es injusto piensa uno de ellos, desde su cuarto habla con alguna amiga virtual y juntos comparten las desgracias de su vida, le dice todo lo que piensa sobre la decadente sociedad en la que viven y los criminales modelos económicos que persigue. ¿Habrá algo que algún día me podría hacer feliz? Pregunta, pero no hay respuesta, su amiga ya no está presente, y otra vez más ha quedado solo con sus pensamientos.
Depresión, es la enfermedad mental más común dentro de nuestra sociedad, es más, es tan común que ya se ha llegado a normalizar el hecho de que todos o la mayoría la padecemos, es tan normal que incluso el pensar en tratarla te hace ver como una persona débil que no puede arreglárselas por si sola. Y es que vivimos en constante juicio de los demás, y sobre todo prejuicios, ya que nadie tiene el mínimo interés de saber porque sientes o actúas de cierta manera, ¿Por qué gastar tiempo conociendo un bicho raro?, No hay nada que pueda obtener de una persona así, pensarán. Esas personas no tienen ni idea del favor que nos hacen a las marginadas, ni siquiera debemos esforzarnos en filtrar a la basura, ya que lo hace a voluntad.
De repente escucho a un grupo de chicos acercarse, adolescentes provenientes de los desechos de esta nauseabunda sociedad. La maquina funciona mal y deja mucho material desperdiciado, que se traduce en victimas; victimas que hoy se convertirán en mis victimarios. Les veo acercarse directamente hacia a mi y me levanto lentamente para retomar mi camino. -Oe shushetumare, queate ahí no mah- Me grita uno, que sin sorpresa para mi, parecía el más joven de los cinco. Miré hacia atrás y le dije -No pasa nah hermanito, ando en la piola, pa que po-, mientras seguía caminando y aumentando la velocidad. De pronto uno saca una navaja, y me dice mientras se acerca rápidamente -No te movai logi conchetumare o te vai tajeao de pana-, mi reacción inmediata fue bastante torpe, pensé que me tropezaría si intentaba correr, pero también sabía que no me libraría de la violencia innecesaria incluso entregándole todas mis pertenencias sin resistencia. Decidí correr y aunque tropecé como lo supuse, no caí. Lo hice por un par de cuadras, a pesar de que me habían dejado de seguir después de los primeros cien metros, no paré hasta asegurarme de haberlos perdido. Lo último que escuché fueron sus risas, probablemente al recordar mi cara de miedo y la sensación de dominancia sobre mi ser.
El resto de la noche quedé bastante asustado, este acontecimiento me había traído viejos recuerdos similares, y otros sobre traiciones y más desconfianza. Solo quería volver a casa, el mundo otra vez más me asustaba y me hacía sentir ajeno. En mi viaje de regreso, violencia de todo tipo presencié, personas golpeando y gritando a su pareja a fuera de los bares, policías pateando perros y vagabundos, personas alcoholizadas mofándose de las luchas sociales. Lleno de frustración y rabia, me sentí un cobarde al no intervenir, pero realmente no había nada significativo que yo pudiera hacer, solo pagar el precio por jugar al héroe entre personas que no conozco, personas que probablemente me usarían como medio para escapar o desquitarse de sus frustraciones, así que seguí caminando rápidamente y a la defensiva hacia mi destino. Las oscuras calles lucen tétricas y engañosas, y ya no hay nadie en quien confiar.

Comentarios
Publicar un comentario