Cálculos exactos
Me senté en el suelo. Sabía que lo había guardado en algún lugar. Recordaba haberlo escondido cerca de la tornamesa y mi colección de vinilos. Estaba desnudo, acababa de salir de la ducha. Me preocupé de todo, no quería ensuciar el lugar, así que ayuné y liberé toda la carga de mi cuerpo. Tomé mi tiempo en la ducha. Creo que jamás me había limpiado con tanta delicadeza. No pensaba en vestirme, no quería que el pudor se fuera conmigo, esta noche debía dejar todo atrás. Caminé hasta la cama a buscar mi mochila. Dentro de ella estaba la nueve, era la primera vez que tocaba una. Comprarla no fue sencillo, pero tampoco excesivamente difícil. El tipo la probó antes de dármela, así que no tenía duda de que funcionaría. Además la dejó cargada, lista para su uso. La tome y la pasé suavemente por mi cuerpo, la adrenalina se disparó. Miré mi entrepierna y por un momento me dio curiosidad saber que tan doloroso podría ser volarme las vergüenzas, pero no era mi objetivo, solo fue un deseo impulsivo e inútil. No quería sentir dolor, quería hacer esta mierda lo más rápido posible. Dejé el arma sobre la tornamesa y revisé la estantería. Vinilo tras vinilo, sabía que en algún lugar lo había ocultado. De pronto al tomar uno, se deslizó una hoja y cayó al suelo. Era el vinilo de Incesticide de Nirvana, mi disco favorito de la banda. Revisé el sobre y ahí estaba. Unas fotocopias de anatomía y la hoja de cuaderno con los apuntes de un libro que alguna vez leí. La hoja decía: "Apunta al bulbo raquídeo, la parte más baja del tronco encefálico. Debes apuntar dentro de la boca unos 45° de inclinación hacía arriba, considerando el paladar como tu eje de referencia. Si no estás seguro de apuntar bien, tócate la nuca, ese es tu objetivo. Cualquier daño importante que le hagas al tronco encefálico será fatal, tan solo no dudes, no desplaces el arma, ni te vueles los sesos, eso podría ser un ticket directo a una agonía inquietante, y una vida de problemas cognitivos si lograran encontrarte a tiempo. Solo apunta a la nuca, y todo será tan rápido que ni te habrás dado cuenta que alguna vez estuviste vivo. Las imágenes impresas mostraban detalles sobre la estructura cerebral, marcando en rojo el bulbo raquídeo y destacando todo el tronco encefálico. Me toqué la nuca varias veces, y simulé con los dedos la posición del arma antes de meterla en mi boca.
Había oscurecido. Miraba mi cuerpo desnudo, y no sabía si temblaba del frío o de la emoción. Miré una vez más las imágenes y repasé los apuntes que había preparado con tanta dedicación. Ya tenía todo listo, una frazada en el piso para sentarme en ella, y una pared forrada con nylon. Añadí un respaldo con un par de almohadas, debía asegurarme de que si algo llegase a estallar, se quedara en la almohada y no ensuciara el resto de la habitación. Pronto sería el momento, las doce en punto, año nuevo, nadie escucharía un disparo con tantos fuegos artificiales. Quedaban pocos segundos. Tomé el arma y metí completamente el cañón en mi boca, incliné el arma 45° en relación al paladar. Lo del paladar fue confuso, pues este no es recto ni uniforme, pero según las imágenes, se refería a una línea imaginaria de los dientes superiores hasta la parte posterior de la boca, básicamente como cuando metes algo de forma recta en ella. Entonces metí el arma de esa forma, incliné unos 45° hacía arriba, y me toqué la nuca nuevamente, mientras miraba las imágenes del tronco encefálico. Estaba apuntando directamente hacía el bulbo raquídeo, o eso quería creer. Quince segundos, no había tiempo para más comprobaciones, ya todo estaba listo. Me acomodé la almohada en la cabeza, me senté recto y posicioné el arma como debía. Prendí la televisión. La gente emocionada comenzaba la cuenta regresiva. De pronto veía sus caras alegres gritando los números. Ver esas caras no hizo más que reforzar mi convicción. Odiaba este mundo de mierda y a su gente, ya solo quería irme y dejar que estos parásitos se pudrieran en su propio infierno. Diez, cerré los ojos y comencé a temblar. Siete, el sudor empapaba mis manos. Tres, la respiración se hizo mucho más intensa. Dos, seguí respirando rápidamente, como dándome las energías para continuar. Uno, estaba listo, exhalé mi último respiro como si fuera un grito de batalla, no me pensaba acobardar luego de haber llegado tan lejos.
Cientos de fuegos artificiales comenzaron a estallar, las familias de los vecinos gritaron: ¡Feliz año nuevo! En la TV sonaba el clásico "Un año más". Todos felices se abrazaban y perdonaban sus acciones del año anterior. Mientras tanto en el departamento 301, se escuchaba música de fondo, y un celular que no paraba de vibrar, el cual decía en su luminosa pantalla "Llamada entrante de Mamá"...
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