Amigos
... Era una tarde de verano, decidimos salir de la casa para matar el aburrimiento, el calor insoportable golpeaba nuestras nucas e incluso hizo sangrar a uno de nosotros. Seguimos caminando hacia el río, a lo lejos veíamos a las personas trabajar la tierra, tanto en invernaderos como en siembras convencionales. Los autos que pasaban a nuestro lado levantaban el polvo del camino de tierra, así que nos tapábamos la cara para no inhalar tanto de ello. A pesar de todo, seguíamos nuestro camino, lo único que queríamos era refrescarnos en el río del que tanto nos habían hablado, es más, ya no existía ningún pensamiento más en nuestras cabezas. De pronto ya estábamos a un par de metros, el agua llena de algas no dejaba ver el fondo, la basura se juntaba en las orillas y un olor poco agradable emanaba de la superficie, nuestro anhelo se acababa de hacer añicos. Decidimos detenernos en el lugar con menos basura, el sudor ya empezaba a caer sobre nuestros ojos, haciéndose cada vez más molesto el tener que soportar el calor infernal. Nos sentamos en la orilla, a la sombra de un gran árbol, por suerte corría algo de viento y nos dio un poco de alivio. Nos acomodamos, y de repente noté un cambio a mi alrededor, Esteban ya no estaba, le pregunté a los demás y nadie sabía que había pasado con él, -quizá se fue a casa- dijo Sebastián, a todos nos hizo sentido, ya que Esteban suele darse por vencido bastante rápido ante las adversidades. Sin embargo, me pareció extraño el no haberlo notado irse, es más, ¿Por qué lo haría después del esfuerzo que significaría volver, sin descansar primero? A nadie más le importó, todos sacaron sus teléfonos para contestar los mensajes pendientes. Fue entonces cuando volví a sentir esa sensación, esa de estar juntos pero muy distantes al mismo tiempo. Esperé por un momento y decidí seguir caminando, los chicos me vieron moverme, y al notar esto mandaron el último mensaje y guardaron sus teléfonos - ¿A dónde vas? - me dijeron varios de ellos al mismo tiempo, -explorar- contesté, se miraron entre sí y decidieron seguirme, algunos con entusiasmo y otros con algo de flojera. En el lugar se formaba un pequeño lago, haciendo imposible llegar al bosque que se encontraba frente a nosotros sin rodear la masa de agua; aunque también podíamos atravesarla, a pesar de los peligros y el olor. Sin embargo, nadie hubiese querido seguir caminando soportando el Sol, no al menos fuera del agua. Busqué lugares que no parecían ser tan profundos y comencé a entrar. Todos íbamos preparados para bañarnos, así que no fue un problema. En la zona más profunda se encontraba un tronco, habían unas ramas en las profundidades que no podíamos ver producto de las algas, además de la gruesa capa de barro en el fondo. Advertí a los chicos sobre las ramas, ya que algunas incluso se me habían clavado en las piernas dejando pequeñas heridas que solo pude notar al salir. Miré hacia atrás para ver a los chicos cruzar. Sebastián y Alejandro habían desaparecido, otra vez, ninguno de nosotros lo notó hasta después de llegar a la otra orilla. Los chicos sugirieron que debieron haberse ido al igual que Esteban, pero que su principal motivación podría haber sido el buscar algo para comer, ellos siempre tienen hambre, más aún después de todo el tiempo que llevábamos fuera de casa. Tenía algo de sentido, aun así, seguí mirando hacia atrás por si los alcanzaba a ver en la distancia, pero a los chicos parecía no preocuparles, y sin espera empezaron a adentrarse en el bosque, así que decidí alcanzarles antes de perderles a ellos también. Ahora solo quedábamos cuatro, Jorge, Armando, Ignacio y yo. Los chicos eran un equipo desde siempre, nunca se separaban, incluso cuando pinchaban (coqueteaban) con chicas lo hacían juntos (no es muy difícil encontrar un grupo de tres o más chicas en una disco o fiesta). Y aunque yo no formaba parte de su pacto de hermanos, aun así era su amigo, y uno con el que solían salir a menudo. Entramos en el bosque, fue decepcionante el darnos cuenta que era un monocultivo de eucaliptos. A pesar de ello, disfrutamos igualmente del olor a tierra y hojas secas. Me detuve un momento, quise sacar una hoja verde de eucalipto para así morderla y disfrutar del frescor de su esencia, miré a mi alrededor y vi en la altura un par de hojas que aún no habían sido alcanzadas por los hongos, sacar alguna de ellas iba a significar un poco más de esfuerzo, pero pensé que valdría la pena al no saber si esos hongos me harían mal o no, aunque era más probable que así fuese. Por suerte había una cerca al lado, puse mis pies sobre los alambres con pinchos (en la parte sin pinchos, obviamente) y alcancé con mi mano la rama de las hojas perfectas, me balanceé un poco mientras seguía tirando la rama, me estiré todo lo que pude y con la punta de los dedos tiré la hoja. Fracasé en mi primer intento, debía estirarme un poquito más, decidí intentar nuevamente, miré hacia mi espalda y los chicos se alejaban cada vez más, así que traté de apresurarme. Intenté equilibrar la punta de mis pies en el alambre de púas, tiré la rama con bastante fuerza y pude tomar la hoja. De pronto el alambre cede por mi peso y resbalo bruscamente, intento agarrarme de la rama, pero esta era muy delgada y flexible, termina por romperse con facilidad. Mientras caía pude darme cuenta que no terminaría bien, había una zanja justo abajo de mí, y un montón de rocas se asomaban en las orillas, lo único que me quedaba era poner los brazos. Todo ocurrió muy rápido, no alcancé a decir nada, mi pie al resbalar hizo que parte de mi zapatilla se enganchara a las púas, lo cual desvió a último minuto mi trayectoria, dejando mi cabeza indefensa contra el suelo. Mis brazos no cayeron donde pretendía y simplemente se arrastraron mientras que mi cuerpo seguía un movimiento casi circular. Como era una zanja, mis antebrazos hicieron todo el roce, y quedé con los codos por encima de la cabeza, finalmente me golpeé la frente con una roca. Inmediatamente después del último impacto, mi zapatilla pudo salir por si sola del cerco y mi cuerpo cayó casi inerte a la zanja. Estaba mareado, y algo torpe, ni siquiera podía hablar o gritar para pedir ayuda, los chicos, aunque no muy lejos, escucharon levemente el ruido de la cerca, por otro lado, yo los escuchaba bien, es más, creo que era lo único que aún podía hacer bien, aunque solo si cerraba los ojos. Aún con mareos y nauseas, esperé que los chicos notaran mi desaparición y que retrocedieran hacia el pequeño ruido que les había hecho mirar hacia atrás. Pero solo escuché, - Hey, ¿Qué habrá pasado con el idiota? - dijo Ignacio, -Quizá se fue a caminar solo, siempre ha sido muy melancólico. Quizá solo quería pensar en soledad- dijo Armando, - Pff, ¿A quién le importa? De todas formas, pareciera que nunca está. Siempre ha sido un rarito - dijo Jorge, los demás rieron mientras le daban su aprobación, y siguieron caminando. Traté de acomodarme, pero no podía moverme del todo, me sentía muy descoordinado, como si mi cuerpo tuviera un retardo y se negara a obedecerme. Sentí miedo de haberme provocado un daño irreparable, sentí miedo de morir ahí, al no poder salir por mi cuenta, y sentí una profunda tristeza al enterarme de la poca estima que me tenían estos "amigos". Los muchachos que habían desaparecido antes quizá también lo hicieron por una distracción, quizá vieron algo que les gustó o les llamó la atención, y de pronto ya nos habían perdido. ¿Y si también tuvieron un accidente? Ojalá no. No lo creo. Ellos son más listos que yo, no harían nada tan estúpido como para terminar con un trauma cerebral. Todo esto es lo que pensaba, mientras la sangre recorría mi cara, y el crujido de las hojas secas iba atenuándose, hasta por fin extinguirse del todo...

Comentarios
Publicar un comentario